Chico busca maniqui letra

La primera noche para que, la pasamos bien. Cenamos juntos, con mis padres y mis hermanos, les cayó bien, y él a ellos. Él me lo dijo, tu familia es chévere, compadre, te envidio. No entendía las razones del pleito con su familia, y mi incredulidad tenía fundamento. Rubén era un buen chico, de verdad, el mejor de la clase, siempre notas altas, siempre impecable imagen. No conocía a sus viejos, pero por las referencias que me daba Rubén, me los imaginaba cual dictadores déspotas. Y luego la indignación me invadía y el cariño que le tenía a mi amigo aumentaba.

Y entonces no sabía, ni siquiera imaginaba…. Le decía constantemente a Rubén que sus padres vendrían, se lo repetía incansablemente, y el asentía, me sonreía. Mientras tanto, él se acoplaba bien en mi familia. Cada día se ganaba el cariño de mis padres, mis hermanos, hasta de la tía Julia, esa vieja roñosa que ni a mi me simpatizaba… eso me agradaba y reafirmaba la buena imagen que tenía de mi amigo. Se lo decía a mi vieja: Luego iba a donde mi padre y le decía: Y él decía que sí, y sonreía.

Finalmente le interrogaba a mis hermanas: Y con todo eso, yo no lo veía venir, ni en sueños me lo imaginaba. Pasaron dos meses y el teléfono nunca sonó ni nadie llamó a la puerta. Mis padres me habían. Yo accedí de buena gana, justificando a mi amigo con su temporal y triste orfandad. Entonces recién comprendí que algo pasaba… Pronto mi familia se fue olvidando de mí, ya no recordaban servirme la cena, ni me invitaban a ver películas en el mueble.

Me daba cuenta en esos encuentros que mis padres aclaraban las confusiones con un poco de desencanto, como si quisieran que esas. Sí, hasta ese punto se agravaron las cosas, y no engaño en decir que pronto ya no se molestaron en aclarar que Rubén era un invitado si lo confundían conmigo, decían que sí, que era yo. Hace poco fui a la casa de Rubén para hablar con sus padres. No fui con intención de reclamarles su dejadez con su hijo, no nada de eso, sólo fui con el propósito de hacerles reflexionar.

Toqué la puerta, una mujer de dulce aspecto me atendió. Buenas tardes señora, venía hablarle de Rubén, le dije. Disculpa pero mi hijo se llama Flavio y justamente por ahí viene. Entonces apareció un muchacho de apariencia apacible, al verme el niño me sonrió, pero no de un modo amigable, fue lo contrario, su sonrisa se torno cruel, podría decirse que diabólica. Me alejé de la casa con la imagen del adolescente en mi cabeza; al llegar a mi casa llamé por el timbre.

Al verme, su entrecejo se frunció, luego me preguntó que deseaba. Pues pasar, le dije. Ella me miró de pies a cabeza, luego sin decir nada me cerró la puerta en la cara. Estuve tocando un buen rato, pero nadie me abrió. Decidí que lo mejor sería pasar la noche en la casa de un buen amigo que yo tenía. No creo que se niegue, pensé, después de todo éramos amigos. La tierra delos sueños rotos Nombre: Elena Martínez Desde España Ocupación: Administrativa Los ojos de Amarau apenas mienten, lo justo para un viajero de la ruta de los sueños rotos.

Ha pagado un costoso peaje de sueños y esperanzas para poder llegar a la tierra deseada. Salió de su país, orgulloso, en busca de un sueño. Nadie le advirtió lo duro que sería conseguirlo. El hambre y el miedo le enseñaron estrategias para sobrevivir. Hubo días que las fuerzas se agotaron y pensó regresar. Se sintió como un guerrero que volvía a casa después de una amarga derrota y borró de su mente esa imagen.

El poco orgullo que le quedaba no le dejó volver. Libros impresos en su memoria que cada noche releía. Con ellos escribió su primer libro. El viaje marcó el comienzo de un nuevo libro. Los meses hasta llegar a la tierra deseada fueron muy duros y Amarau aprendió a convivir con la nueva persona en la que se iba transformando. Persona que nada tenía que ver con aquel muchacho que salió de su aldea con La primera vez que pisó la tierra la inocencia marcada en el rostro.

A las pocas horas de estar etapa de su vida es como un libro allí se dio de bruces con la realidad. Tan cercanas y a la vez memoria. Me senté sin mirar el gran abismo bajo mis pies desnudos, fue entonces que sentí tus manos sobre mis hombros, manos grandes y blancas, suaves y firmes. Me acomodé mejor en tu fantasmal aroma, mientras mis piernas ondulaban al vacio. Respiré tu tranquilidad, me sentí menos vacía, pero a la vez insatisfecha.

No lo sé Deseo entre mis miedos, entre el infierno y cielo que me mezclo y empapo, extrañarte con mi ser. Siento que la muerte es este abismo en el que me siento para recordarte. Pero mi madre subía muy seria y con los ojos acuosos. Otra vez había estado llorando. Se puso la bata. Una bata primaveral que parecía un mantel de los que se extienden en un campillo para celebrar un picnic. Y del bolsillo sacó un pañuelito blanco bordado por ella misma. Yo me calentaba al fuego de aquel salón acogedor, con cuadros prerrafaelistas en las paredes y cubertería de plata en las vitrinas.

Yo no sabía por qué lloraba esta vez mi madre, pero debía ser muy grave, pues estalló en sollozos creyendo que yo dormía en mi cuarto. Todavía estoy muy débil Llegó a estar tan grave que su cuerpo no absorbía los nutrientes, por lo que adelgazó mucho y al mismo borde de la muerte estuvo. Le costaba respirar todavía y se la veía desmejorada.

Lo entendí enseguida. Hablaba con el médico. Iba a tener otro bebé. La noticia recorrió mi columna vertebral como si fuera un cubito de hielo en pleno invierno, con las habitaciones enfriadas por la noche y sin un fuego que calentase las manos. Se me. Un rey egoísta, egocéntrico y narcisista que me quitaría todo el protagonismo. Por su puesto esto no lo pensaba conscientemente. Yo solo sentía como si un pedazo de mi corazón se hubiera muerto.

Cuando llegó mi padre se produjo una fuerte discusión en la cual yo intenté mediar empujando a mi padre, pues él era el que gritaba fuerte y levantaba las manos con gesto amenazante. Pero después del sofoco vi a mi madre sonreír, escondida en un rincón, mientras pasaba el paño a su figura favorita: Al día siguiente, hurgando en el bolso de mi madre, como acostumbraba a hacer sin que ella me viera, descubrí un cuaderno.

Las cubiertas eran blancas y en su interior reconocí la letra de mi madre escribiendo a una tal Rosita. El texto era muy largo. La letra de mi madre era muy bonita. En esa canción la llamaba Rosita. Me sentí tremendamente enfurecida pues a mí, durante su embarazo, no me había escrito cartas o, al menos, yo no las había visto. Sentí deseos de matar a esa niña. Incluso hablaron de comprar la cuna y algunos utensilios para el cuidado del próximo hermano. Yo, me moría de envidia. Como siempre, aquella noche me mandaron pronto a la cama.

No hubo pasado ni una hora. Siempre atenta al pequeño reloj, iluminado por una vela, que parecía un diamante perdido en una cueva. Cuando mis padres empezaron a hacer el amor. Mi madre gemía simulando placer y mi padre la embestía como descargando en ella toda la agresividad contenida de un día de perros. Yo los espiaba tras la puerta de mi dormitorio. Entonces mi madre me vio y yo corrí a la cama temiendo que en su vergüenza me abofeteara la cara.

Pero calló y continuó con el acto que yo sabía que para ella era un suplicio. En mi cama envidiaba a mi padre y su falo. Con él poseía a mi madre, la hacía suya y a la par. Yo no podía poseer a mi madre porque no tenía falo. Me habían castrado, por mala. Por desear la muerte de la hermanita y por muchos otros pecados que cometí siendo muy niña. Por otro lado temía que mi padre con su falo matara a la hermanita pues lo imaginaba fuerte como una barra de hierro y doloroso dentro del sexo de mi madre. La iba a matar. Los oía gemir, se revolcaban, se chupaban y olisqueaban como animales.

Entonces me convertí en mi padre, ya me había quedado dormida, ahora tenía falo y podía poseer a mi madre. Mi pelo, dorado y lacio como un sauce, seguía siendo el mismo, pero el rostro era el de mi padre. Sin embargo era yo y estaba haciendo el amor con mi madre. La embestí con mucha fuerza. Y entonces deseé la muerte de esa niña. La que estaba dentro de su vientre. El feto. Y con mi falo intenté asesinarla. Al día siguiente me levante enferma, agotada por un sueño tan abrumador. Me sentía muy mal por mi deseo y mi libidinosa fantasía.

Me acerqué a la cama de mis padres. Como una virgen pecadora. Quise meterme bajo las mantas, a su lado. Que el calor de su cuerpo envolviera el mío en una. Entonces vi el charco de sangre. Se encontraba desayunando tranquilamente junto a la ventana de la cocina, mirando el jardín y tal vez pensando que había que cortar algo de la maleza que había crecido a un lado de la verja. Yo me levanté y me puse a jugar con mis muñecas. No sé por qué no se lo dije, tal vez porque sabía que él ya se había dado cuenta y tal vez porque con su silencio me daba a entender que no había que decir nada, que no se podía hacer nada.

Supe que la niña había muerto. Yo la había matado con mi falo la noche anterior. Yo era la culpable. Me puse a jugar con mis muñecas. Eran dos. Las dos de trapo. Una estaba embarazada y la otra le golpeaba el vientre. Cogí unas tijeras y le acuchillé la tripa a la muñeca embarazada. Sólo salió espuma esponjosa, como la que se utiliza para rellenar algunos cojines. Entonces mi madre se despertó. Tuvo que marcharse a toda prisa al hospital, ella sola, mientras mi padre leía el periódico y se mesaba los bigotes, indiferente.

Esperé mucho tiempo. Esperé a que naciera esa niña. Pero la niña no nació. Un día mientras mi madre limpiaba a la niña de la fuente, en la cocina, me atreví a preguntarla por la hermanita, a lo que ella me contestó que si miraba el cielo en la claridad del día podría ver su rostro en las nubes. Yo me asome a la ventana y la vi. La nube mostraba un rostro infantil con grandes ojos y pelo con bucles de humo. Me fijé bien. Estaba profundamente triste. Articulo garabatos junto a palabritas tan pequeñas como sus pies.

Pienso en las palabras. Hubo un tiempo en que me dio por escribir. Pero eso fue hace mucho. Cuando tenía su cuerpo a mi lado, entibiando mi presencia tímida. Cuando un día su cuerpo no sólo me entibió, sino que floreció en mí, en mis manos. Vuelvo a intentarlo. Produzco un idioma que sólo yo entiendo. Siento que el agua me moja los pies y me tambaleo mientras la sigo, sin que se dé vuelta. Le alcanzo el hombro con un brazo tiritón, ella da vuelta un rostro que parece ser feliz.

Sólo nosotros dos sabemos que algo extraño se interpone entre sus ojos claros y la felicidad. Hay algo vidrioso en sus pupilas. Puedo sentir las botellas y un par de combos a mis espaldas. Pero sus ojos me atrapan cada vez que la miro y va quebrando el mundo exterior en su totalidad. Me toma las manos como a un niño, me las besa y me dice que me va a cuidar.

Pone su brazo sobre sus hombros y me agarra de la cintura con una fuerza de niña que dejo que me conduzca. Ella sigue mirando el tumulto de carpas donde estamos alojando. Me mira y me besa la mejilla.


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La hago parar. Siento que las estrellas bajan a su frente blanca. Quiero decirle de nuevo que la quiero, pero en vez de eso, vomito en sus pies. Vomito color vino en sus pies de niña. Sus pies de niña que ensucié de todo. Llegamos donde el Pelado junto a varios amigos. Recorrimos el largo camino que había entre la reja de calle y su casa, como siempre, riéndonos de cualquier estupidez.

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A diferencia de otras oportunidades, el Pelado no se reía con nosotros. Al llegar a su casa supimos por qué. Cuando lo vimos, bajó la cabeza y esperó las burlas. Llegaron de inmediato: Después que la tormenta se detuvo, el Pelado, con la mirada todavía baja, nos contó lo que le había pasado: Llevaban varios meses juntos y a lo sumo había llegado a conquistar algo de sus tetas. La Alejandra, que es enferma de cuica, les gritó el peor insulto que pudo articular en ese momento: Llegaron a la casa y la hermana, casi cómplice, se acostó en otra habitación y los dejó compartir la cama.

El Pelado,. No importa, pensó.

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Soltó los botones de la blusa y descubrió bajo los sostenes los pezoncitos que varias veces había podido chupar. Con dificultad, por el peso muerto de la mina, logró separar el broche trasero del sostén. Liberó las tetas y las besó sin que su novia soltara gemido alguno. Nunca antes lo habían dejado llegar tan lejos. Se detuvo a mirarla sólo un instante.

Faltaba quitarle el calzón. Como un aprendiz de fetichista, buscó el lugar de la tela que se impregna con los jugos y lo olió. Sólo faltaba acometer el delito final. El Pelado se puso sobre Alejandra y con el pene hinchado la penetró. Le dolió un poco porque, obviamente, ella no estaba preparada. De todas formas se dio cuenta que le había mentido: Era la segunda vez que estaba dentro de una mina, pero la primera en que no tenía que pagar. La inexperiencia era absoluta. Sin darse cuenta acabó dentro de Alejandra y se derrumbó sobre ella. Intentó besarla pero ella no respondió. Se quedó así, quieto, inmóvil, hasta que ella lanzó un pequeño gemido.

El Pelado la miró esperando que despertara, pero nada. Él se rió. Hasta que el olor lo inundó todo. La mina se había cagado. Cuando el Pelado se dio cuenta, era demasiado tarde. Alejandra no ayudó en la limpieza porque seguía casi inconsciente. Por la mañana, muerta de vergüenza, partió con su hermana hacia su gueto precordillerano. El Pelado terminó el relato. El colchón seguía ahí intencionalmente. Era cierto. Estaba yo sentado en el andén de la estación Once del ferrocarril Sarmiento.

Hasta ese momento, todo era normal, yo diría que en demasía. Tomo el tren todos los días a la misma hora al salir de mi trabajo, pero les juro que aquella vez, ya comenzaba a gestarse algo diferente, inusual, inquietante. El aire a penas se podía respirar. Se me dificultaba tragarlo. El cielo corrompido por la noche arremetía contra la tarde furtiva. Las personas a mi alrededor también portaban un aura de misterio. Nadie hablaba. Ninguno emitía sonido. Y eso que el andén estaba repleto. El silencio podría haberse cortado con una navaja de tan denso que era.

Acto seguido, se desató lo que para mí ya se había convertido en rutina, pero que no por esto dejaba de sorprenderme. Una batalla descarnada se inició entre las personas que intentaban escabullirse de esa hojalata llamada vagón, y aquellos que a puño limpio se abalanzaban en busca del preciado asiento, como si fuesen campesinos abriendo camino entre la maleza a machetazos.

Pues, de hecho allí estaba. Las personas dialogaban, pero de forma escasa. Unas pocas palabras surcaban perdidas como mensajes arrojados al mar. Me apoye contra un poste de metal helado y comencé a contar las paradas, para matar el. Caballito, Flores, Floresta…iban pasando como fichas de dominó que caen en hilera uno tras otro. Al mismo tiempo, el tren se cargaba en cada parada. Villa Luro, Liniers, Ciudadela…ya casi no había espacio alguno.

Si antes el aire era difícil de digerir,. Ramos Mejía… al llegar se encendió una alarma en mi mente. Me encontraba a varios metros de la puerta, prisionero entre veintenas de cuerpos que cercaban mi ruta de escape lejos de esta asfixiante atmósfera. Debía bajar en la próxima parada, y el final de mi viaje era realmente incierto. Tomé coraje y comencé a bracear contra la corriente de humanos que impedían mi paso. Preso de un total ahogo, con escaso aire en mis pulmones, logré colocarme frente a la puerta que me conduciría hacia mi salvación: Haedo, la estación donde debía descender de aquel tren fantasma.

Junto a mí, dos señoras de bastantes años se encolumnaron a mi lado, supuse que con las mismas intenciones que las mías. En aquel momento sentí que mi mente se apagó. Cualquier pensamiento que antes pude haber dibujado en mi cabeza se evaporó, todo se desconectó de allí. Pensé que el mundo, Dios, o quién sea que maneja los hilos del destino se había complotado en mi contra, para convertir mi retorno en una de mis peores pesadillas.

El tren como paró, volvió a arrancar, y ahora a mayor velocidad que nunca. Las personas comenzaron a desesperarse, golpeaban las paredes. Yo habría reaccionado igual, de no ser porque había quedado totalmente paralizado, incrédulo de lo que estaba sucediendo. Esas cosas pasan. Pensé para tranquilizarme. Sin embargo, al llegar a la próxima estación ocurrió lo mismo. Y lo mismo, y lo mismo, y lo mismo. Se oían gritos en cada rincón del tren, golpes, desesperación.

Yo seguía atornillado al suelo, frente a la puerta, en igual posición que minutos antes. No era capaz de emitir reacción alguna. El tren aparentemente había terminado su recorrido. El tren no se detuvo. Ni una pizca de civilización allí presente. De golpe, todo se volvió oscuridad. La gente corría y saltaba desesperada como vacas. Por fin el fatídico viaje había llegado a su fin. Gritos, uno tras otro, laceraban mis oídos. No había andenes, ni estación, ni guardas, ni boleterías ni nada. Paredes de ladrillos negros y gastados, humedad y musgo entre grietas del cielorraso.

Me distraje observando manchas de sangre seca en el piso cuando de pronto, una voz tomó preponderancia por sobre los gritos desgarradores de todos los pasajeros. Aquel ser que nos dirigió la palabra queda fuera de toda posible descripción. Consistía de un pasillo interminable con celdas a diestra y siniestra. Hacía rato que la esperanza se había escapado de mi mente.

Resultó ser que estaba en lo cierto cuando creía que aquellos serían nuestros verdugos. Alaridos espeluznantes, casi bestiales, escapaban de aquella sala. Pero asfixiado en estas ruinas sufro el castigo de ver como uno a uno nos arrastran a la tumba. No podría decirles cuanto tiempo pasó desde aquel viaje fatídico. Sólo puedo arriesgar que por mis arrugas y mis canas supongo que demasiado. Hoy en día soy una masa amorfa de carne maltrecha que desolada espera que su existencia se acabe.

Perdonen, estoy delirando, debe ser el encierro, y que aquí adentro casi no tenemos aire. Me despierto, en mi memoria hay todavía restos de un sueño que no puedo recordar. Deseo tanto verle y al mismo tiempo, quisiese que se fuera ya. Las cosas entre nosotros, han sido siempre así.

Yo le espero sentada en la banquita que se encuentra fuera de mi sala. Espero callada, mientras miro hacia los grandes edificios que se alzan a mí alrededor. Fijo mi atención en una mujer que aparece entre uno de los grandes ventanales del decimo piso. Otro suspiro nace desde mi corazón para perecer en mi boca, mi aliento se puede ver frente a mi rostro, y yo lo observo. Escucho voces a lo lejos, sé quiénes son, pero no quiero mirarlos. De pronto escucho una nueva voz, de inmediato mi corazón salta rebosante de alegría.

Y entonces, no puedo evitar sonreír yo también. Sonríe a sus amigos, me da la espalda, pero no importa, comienza a gustarme al igual que él. Habla a los. La sonrisa se expande sobre mi cara sin que yo nada pueda hacer, pero miro de nuevo hacia los edificios. Miro mis manos, frías y blancas, tan alejadas de la gracia de Dios. Sonrío de lado con cansancio, me compadezco de mi misma. No hay nada que hacer, medito. Alzo la vista cuando advierto que alguien mueve la silla frente a mí. Observo dos ojos castaños clarito, tan llenos de cariño y paciencia. Le sonrío de corazón. Me quito los audífonos, mientras ella se sienta y acomoda la bandeja entre nosotras.

El ruido a mi alrededor, como un mar de voces, siento que me ahogo. Y me ahogo porque sigo intentando encontrar de pronto su voz entre un mar de desconocidos. Pasamos el resto de la tarde juntas, hablando. Menciono luego de un rato en que nos quedamos calladas mirando las olas. La arena estaba seca bajo nosotras. Yo tome una porción en mi mano, y la deje caer entre mis dedos muy suavemente. La compare con el tiempo. Muerdo mi labio, busco las fuerzas para continuar. Siendo él tan hermoso. El auto sube por una calle, y mientras lo hace pudo ver el cielo lleno de una capa continuas de nubes, de pronto el sol aparece entre ellas, baña la mar, brillan los cristales, y el firmamento se torna anaranjado y rosa.

Y los rayos de luz, brillando dorados entre las nubes, cautivan mi atención. Ya había vivido siete meses en su ausencia. Comienza el invierno. Las cosas para mi van bien, y por lo mismo, no podrían ir peor. Yo siempre cumplo. Continuo encarnando mi papel asignado, nadie se entera, así es mucho mejor, sigo con todos mis pendientes. Todo bien, todo igual. Me parece no terminar. No obstante, también me alegra. Extrañarlo me asegura que en verdad paso. Ya se acerca el fin del semestre. Me ocupo, me canso hasta el límite sabiendo bien que demasiado tiempo libre no es saludable.

Pero nuevamente me encuentro camino a la parada, me detengo de pronto con un sobre salto, el cuerpo no comparte la desorientación de la mente, contengo el aliento, nadie a mí alrededor. Un intento fallido por recordar el día en que estaba me sume nuevamente en la torpe marcha hasta la esquina de la calle. Sin ser consciente del frío que existía, se desdibuja la diferencia entre el calor y el frío. Tampoco me di cuenta cuando comenzó a llover. Mientras yo continuaba igual, siempre igual. Me detengo en la esquina, miro el suelo, intente pensar sin desearlo en realidad y finalmente no logre pensar en nada.

Con los labios apretados y la vista perdida me quedo de pie mientras la lluvia me moja. El sonido aumento, tan diferente al ruido humano, lo percibo lejos. Lo agradezco. Y la nada me inunda. Esta vez no salto, solo alzo la vista y observo. Algo me alerta del error. Me duele, y su rostro es demasiado hermoso para ser solo producto de un recuerdo, el corazón acelerado, la respiración se corta. Explota la presión en mi cabeza. Solos mojados por la lluvia y envueltos en ella. Sus dos ojos verdes clavados en los míos, me ardían las manos, martillando el corazón me aturdía la mente, no podía pensar.

Los dos a cinco metros, en el medio de la calle, sin autos, sin testigos. Con el rostro absorto alzado hacia arriba, lo observo detenidamente. Resbalo escurridiza la mirada por su rostro, noto al momento un cambio, la expresión suavizada casi de ternura, me arden los labios por besarlo, el entrecejo se frunce, en un intento de controlar mis impulsos. Sus ojos se abren, me observa, su boca se mueve, espero, deseando escuchar su voz. Y él se ira y se llevara todo. Su rostro cambio, preocupado, un paso en falso.

Un paso hacia mí. Me tenso. Mis labios tiemblan, no puedo dejar de ver sus ojos. Exijo, desconozco la voz, sin dejar de mirarlo, sin cambiar mi expresión, intento descubrir quien habla y finalmente comprendo que aquella voz femenina no podía ser de otra persona sino mía.

La acusación implícita en mi pregunta lo había choqueado. Me observaba. Solo miraba sus ojos verdes. Al momento siguiente, toda la situación cambio. Como tonta perdone su ausencia. El calor, el calor subió por mi rostro. Cerré los ojos. Por un segundo pensé que despertaría del sueño, y entonces, me despertó la tibia suavidad de sus labios. Choque contra ellos, me vi envuelta en el burbujeante placer que recorría mi cuerpo, el calor de sus labios insistentes y tiernos contra los míos. Giré mi cara, él la suya, me apretó a sí.

Como coordinados, nos alejamos lentamente, y nos miramos. Él me observo atento, y yo luego de mirarlo, me separe de sus brazos, que trataron demasiado tarde de contenerme. Había acabado, y yo sabía que pasaría después. Él se iría y yo no era capaz de soportarlo. Comencé a correr calle arriba con toda la fuerza que tenia, corría, intentando alejarme del dolor, sintiendo que me atravesaba el pecho, la espalda y me ataba a él. Y luego nada. Solo oscuridad. Sonrío al escuchar su risa, recibo su corto besos en los labios. Abro los ojos para alcanzar a ver aquella sonrisa.

Por fin, ya estaba de vuelta. Condenado Aquel lugar maldito quedaba a las afueras de la ciudad. Dentro, por medio de las rendijas, no sólo ingresaban tenues rayos de luz, sino que por aquellos pequeños orificios triangulares se podía ver hacia fuera, hacia la ciudad, que se hacía diminuta a medida que avanzaban, perdiéndose en los recovecos del camino. Los pastizales mecidos por el viento se confundían en una marejada de danzas inciertas. Con el transcurrir de los minutos todo se hizo repetitivo.

Y ese olor extraño, pero dulce, que inundaba el ambiente. Ahora estaba tan lejos, y al comprenderlo, se sumía en la nostalgia y el miedo. El carruaje se detuvo un momento ante una puerta de hierro. El cochero descendió y abrió con parsimonia, volvió y puso los caballos en marcha; circulaban ahora por un camino de adoquines.

Arreglaban los jardines, cuidando las flores que adornarían las tumbas después de su muerte. A la distancia se levantaba el edificio blanco repleto de ventanas cerradas. Por mucho tiempo fue la hacienda de un terrateniente, ahora nada era igual. No evitó pensar en los muchos que habitaban allí, y en los muchos que llegarían después de él, todos condenados al exilio perpetuo, al claustro, a la muerte… El carruaje lo dejó en la segunda puerta; cuando volvió la mirada se alejaba por el camino para regresar a la ciudad, con su ritmo perezoso, sin palabras de despedida ni de agradecimiento.

Una mujer que llevaba una mascarilla abrió una tercera puerta, un pasillo amplio con habitaciones a lado y lado se dibujo ante él; decenas de almas calladas y tristes fijaban sus ojos sin esperanza en el recién llegado, que ahora también hacía parte de ellos. La mujer avanzó tras cerrar con llave. Siguió su espalda, soslayando la impresión que le causaba esa atmósfera enrarecida; el olor a peste, a alcanfor, a medicinas, a sudor, a orín… Le fue dada una cama en el primer piso porque no estaba tan grave. Por ahora tenía prohibido subir las escaleras. La silla es de mimbre y a pesar de su fragilidad lo sostiene con solidez.

Ese rostro demuestra tenacidad —especula en su pensamiento Hilda-, una firmeza del derrotado que posee la sabiduría del futuro triunfador. Parece un muñeco de cera que sentado en el museo espera ser visto por la muchedumbre. El militar respira y pestañea. Solo eso. No responde las preguntas de los que lo acompañan. Las preguntas no son tales, son verdaderas bromas convertidas en cobardes degradaciones -vuelve Hilda a pensar-.

Superioridad es lo que demuestra el militar cuando fija su mirada hacia Hilda y a los otros tres jóvenes que se encuentran con ella. La mujer vuelve a preguntarse en su interior: Uno de los jóvenes toma mate. No hay muchos muebles, solo un sillón marrón gastado por el paso del tiempo, y una pequeña cajonera beige. El joven que toma mate habla. Se dirige hacia el militar y le convida agua. Con un leve movimiento de cabeza el militar acepta el ofrecimiento. Es rubia de pelo lacio. Parece molesta con su pelo. Todo eso se pregunta. Hilda, mientras observa al hombre atado a la silla de mimbre.

No importa su verdadero nombre, nadie tiene que saberlo. Es un joven alto y corpulento. Su voz concuerda perfectamente con su físico. Una voz imponente cargada de fortaleza. Fuma, despide una bocanada de humo espeso. Después de producido el silencio, tan esperado como lógico, el militar carraspea y lanza una respuesta corta pero vehemente: Soy un soldado preparado para la guerra. Los jóvenes ríen. Cada vez que escuchan la palabra guerra no aguantan la risa. Hilda no lo hace, solamente los mira.

No entiende las risas que se van desplegando por toda la habitación. El eco suena impetuoso, como si un largo desamparo hubiera sensibilizado su vibración. Sirve mate Javier, se lo acerca a la joven rubia, quien lo toma y enseguida estudia el contenido de la infusión. Piensa Hilda.

Allí solían reunirse sus padres y el tío Alberto. La parrilla era el lugar ideal para compartir la mejor carne del barrio, como decía siempre su padre. Los domingos empezaban con mate. Lo seguían los quesos y salamines que acompañaban al vermouth. Las charlas de los hombres comenzaban con la previa de la fecha de futbol. Recuerda Hilda nombres como Amadeo Carrizo y Pipo. La chica con bucles escucha a su padre y a su tío discutir. No polemizan sobre futbol. Unos bombardeos en una plaza son el motivo de la pelea.

La memoria es selectiva y misteriosa- piensa Hilda. El sonido de una voz interrumpe el recuerdo de la joven. Tiene estatura mediana y el pelo ondulado. Es flaco. Pablo manejó el auto que los trajo hasta esta casa fuera de la ciudad. Es un tipo engreído, altanero —dice para si misma Hilda- pero también valiente e idealista, capaz de dejar su vida por una causa. Siente desprecio: También conmigo misma —se compadece Hilda- que no soy capaz de asumir la verdadera responsabilidad.

Nadie en esa casa siente curiosidad sobre las repercusiones. Javier sonríe. Poco importa lo que piense, señor, le dice. La palabra señor suena ridícula, recargada de burla -piensa Hilda. Pablo lo desata. Lo hace con movimientos lentos y pacientes. El tiempo parece suspenderse, un tiempo cercenado que dura hasta que el militar se pone de pie. La habitación contigua ya. Observa Hilda el retrato, lo recorre por todos los contorno. Sus dedos se trasladan a la foto y la bordean con delicadeza.

El antiguo presidente parece estudiar a todos con su mirada. Se sospechan sus discípulos —especula en su pensamiento- , sus adictos que se creen los dueños del mundo. Los jóvenes enfrentan al militar. Pablo tiene un libro entre sus manos, lo golpea suavemente con la punta de los dedos. No lo puedo permitir —concluye en su pensamiento la joven de pelo rubio. Pablo comienza a leer. El discurso transcurre repleto de palabras formales y religiosas.

Son palabras vacías, carentes de significado, silenciosas. Ya no tengo dudas, es el momento indicado -asegura Hilda. El arma tiene un brillo plateado, como el arma de mi tío Alberto —recuerda Hilda. La toma con una seguridad que ni ella misma reconoce. En voz baja cuenta hasta tres y oprime el gatillo sin misericordia. El frío consume mis ansias y hace florecer mis temores, pero sí, aquí estoy.

La incertidumbre ronda por mi cabeza, y no logro recordar. Soy yo, te miro hacia arriba, siento una debilidad y una pureza incomparable. Es mi infancia, claro. Siguen apareciendo, pero no recuerdo nada lógico. Sólo restos de un ayer inconcluso. Estoy rodeada de tierra, pero su olor y su dureza no me perturban, lo que me perturba, es que no la siento, la imagino. Imagino lo que produce en mí. Necesito entender. Al torcer el rostro a mis espaldas, hay un bosque. Es hermoso, la luz que se fusiona contra el cielo me produce sentimientos, estoy volviendo a sentir o al menos eso creo.

Las personas se ven tranquilas, pero no felices. Tomaré la micro, para ir a casa. Hay cosas que pierden sentido, es como si yo fuese invisible para todos. Estoy tan acostumbrada a los ojos de cualquiera sobre mí. Por eso esa fascinación mía, de perpetuar mi mirada sobre la de cualquiera. Me pierdo en tus ojos del color del grano del café. Sabes tan amargo, pero tienes algo que me hace adicta a ti. Me siento tan débil, frente a ti. Toco el timbre, pero al parecer no sonó, al menos yo no lo escuché.

Esa tropa de seres no me permite bajar. Tendré que ser imprudente, cosa que aborrezco ser. Los traspaso,. Camino por la vereda hacia mi casa. Busco la llave para poder entrar, pero ando sin nada. No hay absolutamente nada. En ese preciso instante, sale una persona vestida de negro, llorando. Sale de la puerta, yo estoy en frente, pero no me ve. Tampoco sé quién es. Decido ir a ver qué pasa dentro de la casa. Algo inimaginable me espera. Allí estoy, sí. Trato de hablarles, de decirles que aquí estoy, pero no me oyen.

Me duele algo, sí. Es como si algo se apagara. Quiero arrancar, pero algo instintivo me lleva hacia él. Es una sombra negra. Tengo miedo. Debo irme. Sí, me iré. El silencio me consume. Estoy en el bosque, no puedo creer que llegué hasta aquí. Por Dios, sobre mi tumba, sí. Estoy muerta. Esto no puede estar pasando. No he hecho ni la mitad de las cosas que quiero. No puede ser por Dios, no no, no, no Observo tu cara. Acaricio tu mentón. Sé que no me oyes, siento una impotencia tan grande. Siento que me sientes. Te sacudo desesperadamente, pero no reaccionas.

Mientras agachas tu cabeza, y besas mi tumba. Me dices: Mi vida, no puedo hacer nada, nada. Hay otro de esos, pero este no es negro, es blanco. Me persigue, intenta atraparme. Te doy un beso en la frente y comienzo mi huida, no llegué muy lejos… él me atrapó. Mis manos, o lo que sea que soy, no tienen la fuerza para escapar. Veo borrosa una neblina blanca. Sí, debo confiar.

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Es una paz. Algo incomparable. Lo cito: Lacan invitaba vigorosamente a los clínicos a formarse en las. Dossier exigencias de la lógica propia al acto analítico. Es una ganancia obtenida sobre la angustia. Algunos se fascinan de manera casi maníaca de la reforma de la gestión de las poblaciones por un futuro enteramente previsible. Al fin estaríamos en condiciones de evacuar el problema de los futuros contingentes. La reducción del acto a la economía del comportamiento Daniel Kahneman, premio Nobel de Economía es el ejemplo de la nueva ciencia de la economía del comportamiento, es profesor de Psicología y de ciencias del comportamiento en Princeton.

El Comité del premio Nobel recompensó sus trabajos sobre la psicología de las creencias, de las intuiciones y de las elecciones. El acercamiento comportamental da cuenta de los teoremas que la teoría de los mercados eficientes y racionales no llega a aclarar. Sin duda, las ciencias comportamentales pronto van a interesarse por el caso de Jérôme Kerviel cuyo exceso de confianza y de optimismo permitió engañar a todas las aplicaciones expertas supuestamente encargadas de encuadrarle.

En este caso, la explosión de la pasión del juego propio de los participantes acabó por barrer todos los mecanismos cognitivos internos y los corta-. Es el momento de recordar que todos los modelos económicos funcionan en un universo de conocimientos limitado y que el agente supuestamente racional del mercado también se equivoca. Es continuamente contaminado por las emociones sociales del grupo. El dinero se presenta entonces en una dimensión de real, una vez desnudo el régimen habitual de confianza en el valor del dinero: In God we trust.

Estos experimentos no han impedido en absoluto la propagación de las ilusiones de los mecanismos de reaseguros por la titulización. Esta es una de esas experiencias tipo: La mayoría de los estudiantes eligen los 3. La misma cuestión, presentada de manera diferente, les propone elegir entre perder 3.

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Bajo el lazo social de la creencia reina la angustia. Escribe bien, lo cito: Mi padre dirigía el Departamento de Investigación de una gran empresa. Pero aunque mis padres amaban casi todo lo francés, y tenían algunos amigos franceses, sus raíces francesas eran poco profundas y nunca se sintieron completamente seguros.

Es decir que los pocos restos de seguridad que habían tenido desaparecieron durante la invasión alemana en Diseñé lo que era mi primer grafo en Mostraba los azares de la fortuna familiar en función del tiempo. Alrededor de la curva entra en el registro negativo. Mi padre fue capturado en la primera redada a gran escala contra los judíos y fue encerrado durante seis semanazas en Drancy. Fue liberado gracias a la intervención de su empresa que era dirigida lo he sabido sólo recientemente por un artículo por uno de los principales sostenes del partido fascista en Francia.

Eligió psicología. En se enroló en el ejército y fue asignado al Departamento psicológico del Tsahal. Kahneman, por su parte, inventa su primer concepto para denunciar la desconexión completa entre la información estadística de que disponía y su capacidad de previsión.

Es un moralista, denuncia la arrogancia y las malas pasadas de las ilusiones cognitivas. Mejora sensiblemente las capacidades predictivas del sistema sobre los desarrollos de esos alumnos oficiales. Se alegra de la libertad que le dejan para leer a su gusto. No sucedió en la Universidad. Dossier en el capítulo VII de La interpretación de los sueños. Fue una experiencia maravillosa y hubiera vuelto si Rapaport no hubiera muerto brutalmente poco después ese mismo año. Tenía un respeto enorme por su espíritu indomable… Austen Riggs era un centro mayor para el desarrollo de la teoría psicoanalítica inicialmente dedicado al tratamiento de los hijos de ricas familias disfuncionales de la Costa Este.

Me permitieron asistir a las reuniones de discusiones clínicas de los viernes, consagradas a la evaluación de los pacientes tras un mes de observación. Todos los asistentes habían recibido y leído la noche previa a la reunión un dossier con las notas clínicas de todos los intervinientes. Al principio tenían lugar vivos intercambios de impresiones entre los participantes que incluían al célebre Eric Ericsson. A continuación el paciente entraba para una entrevista en grupo seguido de una brillante discusión. Uno de esos viernes, la reunión tuvo lugar y fue conducida de la manera habitual aunque el paciente se había suicidado durante la noche.

Fue una discusión remarcablemente abierta y honesta, centrada en las contradicciones entre el potente sentimiento de inevitabilidad del acontecimiento y el hecho de que sin embargo nadie había previsto el suicidio. Vemos que la ironía de Kahneman puede ser feroz y que es un narrador. Todo su esfuerzo intelectual consiste en renunciar a la contradicción que denuncia.

Kahneman prefiere la certidumbre de la precisión a cualquier cosa y rechaza la parte de contingencia terrible que forma parte del patrimonio de los clínicos. Si para eso es necesario romper con la clínica, poco importa. Busca determinar con certidumbre lo que su padre no había podido prever: Para asegurarse ese punto, Kahneman construyó un sujeto supuesto saber perfectamente explícito, como el dios del salmo En primer lugar que ellos mismos testimonian de una posición subjetiva de excepción.

De hecho, han. No han soportado la cuestión que Lacan formulaba así: Este no se deposita como una serie de hechos analizables por una regresión a variables causales. Sólo la enseñanza de Lacan acaba encontrando su vínculo con lo real al que se confrontan las profesiones de lo imposible. Sólo el discurso analítico permite ordenarlos porque sólo este discurso se hace cargo de la imposibilidad que comporta todo saber que se da bajo el modo del desciframiento, en la medida en que trata la particularidad de lo sexual. Pero el discurso analítico testimonia para todas las profesiones de lo imposible.

Es un poco como el saber analítico del que hay que hacer la experiencia en la cura. No hay resumen posible. Tienen una voluntad de potencia fundada sobre la humildad del saber que en el campo de las profesiones imposibles se traduce como una voluntad de saber enloquecida. Pretendiendo la predicción absoluta, los efectos colaterales son devastadores.

Julia Gutiérrez. Autres écrits. Paris, Le Seuil, Buenos Aires Se trata de un analista deslocalizado. En Madrid mi experiencia se centra en hemato-oncología y en VIH. Tensión también entre saber y verdad, verdad subjetiva. Sin embargo, a partir de sostener esta tensión se producen efectos tanto en la relación médico-paciente como en el dispositivo asistencial. Intentaré desarrollar estos aspectos en el presente escrito. Ciertas enfermedades potencialmente mortales han devenido enfermedades crónicas. Enfermedades crónicas que suponen un real del cuerpo que tanto el niño como sus padres tienen que poder ubicar, fantasmatizar, recubrir simbólicamente.

Chico Busca Manikí

Este es un trabajo singular que se entrelaza con los avatares de la evolución de la enfermedad y los tiempos de la constitución subjetiva. En general los médicos solicitan una interconsulta allí donde encuentran un límite a su saber. En gran cantidad de los casos esa falta en su saber tiene que ver con algo de lo que no se puede dar cuenta desde los conocimientos del cuerpo biológico, del cuerpo generalizable. Se trata de algo relacionado con la particularidad del discurso que anima un cuerpo en singular, con la forma en que la palabra, en que los significantes, han marcado, han dejado huellas en ese cuerpo.

Vale aclarar que cuando decimos sujeto, nos referimos a sujeto tanto del lado del paciente como del médico, pues, en éste, ubicado en el discurso de la ciencia, su propia verdad, su propia subjetividad también queda fuera Ej: Son clínicos, que conocen a los niños y a sus familias durante tiempos prolongados y a los que se les hace evidente que no hay una buena manera de afrontar la enfermedad y la amenaza para la vida que supone una enfermedad grave en la infancia, cada quien lo hace con sus recursos.

La recepción en estos equipos ha sido muy abierta y me ha posibilitado un trabajo sin presiones institucionales. Dispositivo A partir de la financiación de un proyecto de investigación clínica tengo la oportunidad de integrarme al trabajo de la Cohorte Madrileña de niños y adolescentes con VIH. Los pediatras que la integraban tenían clara necesidad de un abordaje psicosocial de sus pacientes adolescentes. Me ocupo de los pacientes VIH de tres grandes hospitales madrileños. Luego de la consulta o al final del día se conversa en el. Ante el niño y los padres soy presentada como la psicóloga que se ha sumado al equipo interdisciplinario.

El primer encuentro, con una presencia inhabitual suscitó distintas respuestas: Mis intervenciones son variadas: Con una. Esto generaba una situación en la que el adolescente no era reconocido como tal, seguía funcionando como un niño pequeño, y no se facilitaba su propio proceso de subjetivación de la enfermedad que padecía y con la que tendría que convivir el resto de su vida. Por otro lado, el médico de alguna forma hacía abandono involuntario de una función importante, dejaba en manos de otros el hablar sobre la enfermedad y así, perdía la posibilidad de utilizar una medicina esencial en todo tratamiento: Como resultado de ubicar estas dificultades, comenzó a cambiarse la modalidad en la que se llevaba a cabo la revelación: Por otro lado comenzó a instituirse un espacio a solas con el adolescente donde se habla de sus cosas, donde pregunta a nombre propio, donde comenta sus preocupaciones y donde muestra su singularidad.

Un pediatra ideó una herramienta interesante: En algunos casos de mala adherencia, por ejemplo, cuando en lugar de aplicar el mismo método para todo el mundo, dando una charla acerca de los antirretrovirales y las resistencias, se pone a indagar acerca de qué le ocurre a ese sujeto, aparecen otros elementos, algunas veces de otra escena, que se estaban jugando en relación al tratamiento.

Es el caso de una adolescente de 16 años, que había comenzado tratamiento cerca de los 12 y desde entonces había cumplido muy bien con la medicación y con las visitas. En una analítica de rutina su carga viral ha subido de forma alarmante. Los médicos dicen: Al principio lo niega, pero luego dice que sí, que no sabe por qué, pero que se olvida de tomarla. Llora y se angustia en la consulta. Vive con su abuelo y sus. Dossier hermanos, dos gemelos mayores y dos gemelos menores que ella, ninguno tiene VIH.

No tiene casi relación con su padre y su madre ha muerto a consecuencia del VIH. En las entrevistas surgen preguntas acerca de la muerte de su madre, recuerdos infantiles, recuerdos de la época en que su madre estaba enferma y su dolor actual. Inicia un trabajo de duelo poco acontecido y reactualizado por la adolescencia. Recuerda que su madre no quería que le dieran medicación y ella misma no tomaba la suya. De hecho, ella comenzó el tratamiento luego de la muerte de su madre.

Mientras transcurría este trabajo, se decidió simplificar la pauta de tratamiento a una vez al día para hacer que la responsabilidad no recayera tan fuertemente en ella. Enseguida la carga viral volvió a descender. Se continuó en entrevistas a lo largo de tres meses en los que se trabajaron también otros temas ligados al grupo de pares y a su instituto. Al llegar el verano interrumpimos.

Como planteaba anteriormente, a veces es posible que se abra una pregunta y se inicie un trabajo analítico. Relación con la evaluación El trabajo en este equipo impone muchas veces la necesidad de evaluar a los pacientes, ya sea para solicitar una determinada minusvalía, para valorar la existencia de daño cognitivo o a pedido de sus profesores a causa del fracaso escolar repetido. Algo que es del orden de lo demandado por la institución sanitaria o educativa y que debemos cumplimentar como parte del sistema de atención, puede en el marco de un trabajo continuado con esas familias tener un uso y una lectura clínica.

Muchas veces, sin embargo, se produce una cierta fascinación con la posibilidad de evaluar y objetivar los problemas mentales o cognitivos. Hay ciertos datos poblacionales necesarios para implementar o solicitar políticas sanitarias, es preciso conocer ciertas características del orden de lo general o incluso del orden de lo particular para organizar programas dentro del sistema sanitario. Es a falta de algo mejor. Grama Ediciones. Ediciones Manantial. El problema que plantea el título de este congreso es muy pertinente ya que remite a las dos caras ontológicas del concepto.

La posibilidad que de estos fundamentos se deriva, es la locura como destino amenazante del sinsentido. Consideramos que es un constructo social imaginario y convencional de una imposibilidad. Hablamos ahora desde la perspectiva del discurso analítico, en su orientación freudo-lacaniana. La definición del concepto de salud de la OMS2, en lo que afecta a la Salud Mental, sería el estado óptimo de bienestar bío-psico-social y esta definición remite a tres imposibles: Por otro lado lo psíquico y lo social, es decir, el vínculo social, hace padecer al sujeto, en lo psíquico, en lo físico y en lo social.

Y en cuanto al origen histórico del concepto decía, que: En la psiquiatría de la postguerra se plantea un viraje importante de la psiquiatría de este siglo. El factor de cohesión, elemento estructurante de este planteamiento, no es el tratamiento medicamentoso, sino la relación cuidador-cuidado.

Cada uno con sus referentes epistemológicos diversos. Finalmente, la evolución política y económica hacia la sociedad del bienestar, implica la gestión desde el Estado de las propuestas de mejoras de la vivienda, de la educación y de la salud. Dossier del encuentro con la pulsión de muerte. División que hace a la inscripción del sujeto en la falta de ser, en la pérdida de lo biológico y en la indeterminación de lo mental.

División que inscribe al sujeto en su determinación inconsciente. En relación al desarrollo que tuvo y tiene el proyecto de Salud Mental, en concreto en nuestro país y especialmente en nuestra comunidad, hay que decir que los proyectos de implantación del modelo progresivo de implantación social, se han degradado por la infiltración insidiosa de la ideología sanitaria regresiva y retardataria de concepción biomédica y neopositivista.

Es decir un aumento exponencial de los diagnósticos de la conducta de la vida cotidiana y una impenitente anulación de la dimensión subjetiva en la comprensión y abordaje de la patología del ser. Estudio IV, estudio por ordenador sobre patrones rítmicos y visuales en la obra de Jackson Pollock, La oferta del medicamento, a excepción de las situaciones clínica e imprescindiblemente necesarias, favorece la no implicación subjetiva. Al decir de Jacques-Alain Miller, el destino estadístico amenaza la subjetividad.

Los límites de las patologías se tornan evanescentes tras la inclusión en las clasificaciones de toda conducta humana. En resumen, para el DSM-V hay un aumento de los trastornos mentales que se reducen a una suma de signos y en su empobrecimiento se ha perdido en el camino la psicopatología que iluminó la historia reciente de los grandes observadores de la patología psíquica. Ginebra, Esta definición se aplica por extensión a la Salud Mental. García, A. Espino, L. La psiquiatría de fin de siglo. Editorial Díaz de Santos S. A, Madrid, Del Manicomio a la Salud Mental.

Todos enfermos mentales. El sujeto clasificado: Desde un punto de vista epistemológico la medicina no es una ciencia, es una aplicación de las ciencias. Podríamos añadir que la medicina no encarna cualquier discurso, es un discurso sobre el cuerpo. Su eficacia sobre el cuerpo tiende a hacernos olvidar que la medicina es un semblante, es decir, un modo de tratar lo real.

En la época de la ciencia, la medicina es solidaria con el desarrollo de las ciencias. Esto ha producido un imaginario cientificista: Se promociona así la relación entre medicina y ciencia a un nivel pretendidamente óntico, como si este semblante científico de la medicina fuera propio de su ser y su producción, relativamente reciente, un fin al que estaba predestinada.

En la Edad Media la locura fue una enfermedad demoníaca y durante el absolutismo una enfermedad moral. El capitalismo naciente incorporó una nueva categoría moral: La lógica de un discurso capitalista balbuceante hizo que los enfermos mentales pasaran a ser aquello que tan bien expresaría el decreto de su exterminio promulgado por los nazis en Bajo la Comuna de París se libera a los asilados de sus cadenas y se remplaza el tratamiento religioso de la locura por un tratamiento moral, consistente en encendidas arengas revolucionarias, seguramente tan apasionadas como ineficaces, llamando a los internos a integrarse en la nueva sociedad.

Dossier Así, el primer discurso de la medicina moderna sobre la enfermedad mental, enunciado por Pinel, no es un discurso médico sino un discurso social; y la terapéutica que introduce consiste en un tratamiento por la palabra. El organicismo es así previo a toda comprobación empírica y a todo tratamiento biológico, es decir, es un hecho de discurso.

A comienzos del siglo XX la psiquiatría da a luz otro significante: En ese contexto Freud enuncia una expresión de su deseo: Tal es su éxito que en pocos años se convierte en el discurso oficial de la salud mental. En la recién creada Organización Mundial de la Salud insta a los hospitales y servicios de psiquiatría a reconvertirse en comunidades terapéuticas.

Los analistas atraviesan las puertas de los asilos sin derribar sus muros. Conviven allí con psiquiatras y locos, sin cuestionar algo que es esencial al concepto mismo de enfermedad mental: Y, sin embargo, en mis Escritos se ve retomado algo que expuse desde antes de bajo el título Acerca de la causalidad psíquica. Este descubrimiento lo lleva a impulsar las Comarcas Catalanas, primera experiencia de salud mental comunitaria. Pese a su semblante revolucionario coincide con el discurso del amo en considerar la salud mental como estado natural del ser humano y, por lo tanto, alcanzable por la sociedad.

Un modelo veterinario Henri Laborit, descubridor de la clorpromazina, el primer neuroléptico, declararía: Porque la sociedad en la que vivimos es insoportable. Pero la eficacia de los neurolépticos no prueba la organogénesis, como la eficacia psicoterapéutica no prueba la psicogénesis. Se confunden en ambas efectos y causas, simultaneidad y causalidad.

La lógica capitalista redujo la psiquiatría a la psicofarmacología e hizo de los psiquiatras, reconvertidos en expendedores de medicamentos, agentes del mercado. Los llamados trastornos mentales quedaron así incluidos definitivamente en el discurso médico. Pero justamente la medicina es incapaz de dar cuenta de ellos. Ni la física, ni la química, ni la biología, pueden dar cuenta de. Y la estructura social insiste en derivar al psiquiatra esos problemas. Dossier desde el siglo XIX. Faltaba sólo un paso para conformar la psiquiatría actual. CIE 10, Capítulo V: Trastornos mentales y del comportamiento Prudente título.

Pero aquellos a quienes se clasifica no son, sin embargo, trastornados; son pacientes, o enfermos. En el mismo prólogo de la clasificación se puede leer: Cabría suponer que existe una escapatoria, que es posible que algunas de las demandas no puedan superponerse a ninguno de los códigos listados, pero no es así.

Cada una de las revisiones tiene entre sus objetivos el de incluirlas, creando nuevos apartados o modificando los ya existentes. Así, el mismo hecho de dirigir la demanda a este aparato sirve a su corrección. Y de este modo la clasificación se extiende. Ampliación ad infinitum que acaba por encubrir toda responsabilidad personal. El campo de concentración generalizado Es todo el aparato del Estado, con sus ministerios y consejerías, el que legitima una determinada concepción de la psiquiatría y la salud mental.

Errores que deben ser corregidos mediante el remplazo de las cogniciones erróneas por las supuestamente correctas, de las que el psicólogo sería depositario. La oferta de salud mental crea una necesidad o un anhelo de salud, bienestar y felicidad que retorna como demanda sobre el propio aparato de salud mental. Todo sufrimiento, toda infelicidad, es anormalidad y todo lo anormal debe ser normativizado. No sólo la salud, sino también la felicidad, son deberes del individuo, y toda falla, toda infelicidad, es designada como enfermedad.

Pero el sujeto sufre y hace de su sufrimiento una demanda que el discurso social dirige hacia un Otro institucional encarnado en uno de sus semblantes: Éste atribuye una causa supuesta a su padecimiento. Al referirla a una causa neural o genética se inviste con los fastuosos ropajes de la ciencia. Pero el discurso de la ciencia ha derrocado al prejuicio de Dios para suplantarlo. Su primera preocupación consciente es la de encajar al sujeto-paciente en una clasificación previamente establecida.

Este acto inaugural marca al sujeto con una identificación a cualquier otro sujeto que comparta el mismo dígito clasificatorio. A la demanda original de este sujeto, ya irresponzabilizado de sí mismo, se le ofrece un objeto real ready made: Porque es insostenible Frenia, Madrid, Lacan, O Seminario 19; , clase 5, Copia mecanografiada de la Escuela Freudiana de Buenos Aires para circulación interna. Ricardo R. Ponte, http: Braunstein, op. Trastornos Mentales y del Comportamiento pgs. De la crisis de la interdisciplinariedad en los actuales Centros de Salud Mental se habla tanto El rechazo de lo subjetivo se hace patente en procedimientos y protocolos, muchas veces ineludibles para los profesionales de la institución por razones contrac-.

Los reductos para el discurso psicoanalítico se han abierto paso y parecen bien implantados en las agencias de formación institucional. No parece existir en la red de servicios ninguna sistematización en esta acción evaluadora que tenga consecuencias gnoseológicas. Sobre la serie de los DSM Respecto al inf lujo -claramente negativo- de este documento en el desarrollo de la psiquiatría como especialidad médica, pueden haber sido muy importanteslas limitaciones e incluso los errores forzados que haya provocado en la investigación clínica rigurosa el uso obligado de este imperante manual clasificatorio.

Durante décadas se han diagnosticado para ser publicados en revistas de impacto los casos objeto de estudios clínicosmediante esta colección de categorías idealmente excluyentes pero carentes, todavía hoy, de marcador biológico o síntoma patognomónico cuya evidencia permita confirmar una nosografía sólida. Un enfoque tan empresarial como se postula en la Consejería de Sanidad madrileña no precisa de otras acciones.

La palabra verídica bajo transferencia se deposita, tiene efectos de escritura. Un duelo escrito en el cuerpo En mi caso la imposibilidad de hacer un duelo por una pérdida ocurrida muy pronto en mi vida, había tenido como consecuencia que un goce por fuera de la castración, se escribiera en mi cuerpo con una escritura real. El duelo es la reacción a una pérdida, generalmente a la pérdida de un ser amado, pero puede ocurrir que esa pérdida no pueda ser subjetivada y como consecuencia, el duelo no pueda hacerse. Sin duda todos los duelos no son iguales, ni todos los sujetos reaccionan de la misma manera frente a las dificultades que suponen.

Vivíamos entonces en un pueblo de Almería donde había una cierta manera de hablar, algunas mujeres, vecinas del pueblo, que habían conocido a mi madre, exclamaban cuando me veían: Cuando fui un poco mayor, cada vez que la oía sentía un malestar en el cuerpo al que no podía poner palabras. Sentía que un goce se me imponía, un goce del que no podía. En el Seminario I Lacan dice: Estas mujeres del pueblo no me hablaban de mi madre, no me contaban cómo era, algo que me hubiera gustado mucho ya que no tenía casi relatos de cómo fue, sino que invocaban, ante mí, como testigo mudo, la mirada de una muerta.

Igual que si fuera un sello, esta suerte de escritura ilegible, se fijó en mi cuerpo, en el lugar y la ubicación de lo que hubiera podido ser un síntoma. De esa escritura no tuve noticias hasta muchos años después cuando tuve que hacer otro duelo: Del primer duelo pendiente no sabía nada, a no ser por mi presentimiento: De hecho en el momento de su muerte tuve una experiencia extraña. Aunque le había querido mucho cuando murió no sentí nada. Estaba a su lado pero no pude reaccionar a su pérdida.

Me encontré sumida en una especie de estado de congelación. No lloré y eso era raro. Esa falta de afecto era sospechosa ya que el afecto es efecto de la incidencia de lalengua sobre el cuerpo. En ese punto se reveló que mi cuerpo no había sido debidamente afectado por lalengua. Mi padre murió y mi presentimiento se realizó bajo la forma de una enfermedad del sistema inmunológico que puso mi vida en grave riesgo. El sistema inmunológico se volvió loco, en vez de defender el cuerpo, comenzó a atacar ciertas zonas que ya no reconocía, como por ejemplo la piel. Tuve que ser hospitalizada en varias ocasiones y pensaba que me iba a morir.

Mi vida se volvió gris. Efectivamente mi cuerpo como cuerpo imaginario, en un cierto punto se volvió real. El cuerpo como forma que tiene consistencia se deja colonizar por las representaciones que la lengua vehicula y que Lacan califica de imbéciles. Una contingencia En este momento de tristeza en que mi libido se había retirado del mundo, el azar quiso que conociera al hombre con el que comparto mi vida, un hombre del deseo con un gran sentido del humor y gusto por el absurdo.

Pase Hasta ese momento sólo había estado con locos que me hacían sufrir o con hombres aburridos a los que yo me empeñaba en cambiar, sin conseguirlo. Elegí a una analista reconocida en la que encontraba un rasgo particular: Para mí son las mujeres las que encarnan el superyó. En la primera sesión surgió, sin haberlo pensado, la frase que ha marcado mi vida: De un modo sibilino, esta frase evocaba la suerte de tener a una segunda madre al mismo tiempo que daba entender que haber perdido a la primera era una suerte.

Por eso muchas veces me decía que no quería que yo fuera así. Seguramente, los sentimientos encontrados que le profesó en vida no le facilitaron hacer el duelo. Cuando murió, esa dificultad incidió tanto en lo que pudo transmitirme como en su nueva elección amorosa. Eligió a una mujer mayor que él que ya no podía tener hijos,.

A mis ojos, con ella mantenía una relación un tanto extraña. Eran dos personalidades fuertes que peleaban cada uno por no dejarse avasallar por el otro. Y a mí me dejaban a mi aire. Mi segunda madre, era muy generosa, un poco brusca y con cierta tendencia a moralizar. Pero muy pronto un niño me declaró su amor delante de ella y el aprendizaje se mezcló entonces con el erotismo. Fue un apoyo imprescindible para realizar mi deseo de dejar la ciudad de Almería para irme a estudiar a Granada.

Por otro lado estaba la tata, la tata era una mujer del pueblo que me había cuidado desde que nací, era muy cariñosa y me quiso de manera incondicional. Por su parte, mi padre tenía un excelente sentido del humor. Por ejemplo, a la hora de las comidas hacia magia transformando las sentencias morales de mi madre en chistes, su ingenio con la palabra era su mejor virtud.

La otra cara de este ingenio era la crueldad y obstinación de las que hacía gala en ocasiones. Para mí el humor es curativo, si me tratan con humor se me curan todos los males. Los recuerdos que guardo de mi infancia en el campo son buenos: Al tener dos madres y un padre tuve tres familias, lo que me permitió tener un lugar un poco particular que me sirvió en situaciones de conflicto. Fue a partir de una demanda insólita dirigida a mi analista. Le pedí que mirara las manchas de mi piel, manchas ocultas tras el vestido y el maquillaje.

Con esta petición basada en el argumento increíble de que si ella no las veía no me iba a creer, se desveló el deseo que subyacía tras la demanda: Deseo al Otro lo llama Lacan en el Seminario XI, un deseo que ya estaba presente en el primer sueño de transferencia en el que le hacía mirar mi garganta. Durante el tiempo que duró esa relación conocí un nivel de angustia que rozaba los límites de lo insoportable. La ceniza salía de la cabeza de una maniquí.

El inconsciente había cifrado algo pero no lo suficiente. Pase un fantasma que me hacía creer que sabía qué es ser un hombre y qué es ser una mujer. De pronto me di cuenta, que como E. Jones, yo también creía que se nace hombre o mujer. Mi relación con la palabra y la verdad En lo referente a la verdad yo me colocaba como su portaestandarte, mi gusto por defenderla hacía que me metiera en líos.

En cuanto a mi manera de hablar, estaba marcada por cierta brusquedad en el decir y por un excesivo amor a la síntesis. A posteriori, llegué a la conclusión de que eso tenía que ver con la mirada y su temporalidad de instante, y con el hecho de que el sujeto lee la hora en el objeto y no en el reloj. Un sueño revela la caída de una identificación: Estoy como hipnotizada, pero cuando llega el momento en el que me entregan el estoque para ir a matar, me despierto en el sueño sintiendo miedo por lo que estaba a punto de hacer.

Sin pensarlo dos veces me quito el traje de torero y me voy. En este sueño el sujeto se desprende de una insignia paterna como de un traje de torero, la insignia era el valor del padre que siendo un joven combatiente republicano durante la guerra civil, había tenido que transmitir un mensaje atravesando el campo de batalla, poniendo en peligro su vida.

Por su valor había recibido una medalla. Un sueño anterior Bastante tiempo antes había tenido otro sueño en el que también me mostraba dispuesta a la heroicidad. Vestida de Juana de Arco, con armadura y subida a un caballo, me disponía a ir a la guerra. El sueño sucedía durante la guerra de los cien años, el campo de batalla era una verde pradera, pero cuando yo llegaba el enemigo se había ido. Este sueño me produjo un efecto de chiste. La carta llega a su destino Fue también durante la guerra civil y a través de una carta como mi padre entabló una relación con mi madre, a la que no conocía.

Un primo de mi madre que era amigo de mi padre y compañero en la contienda no cesaba de hablarle de su prima y de decirle que le escribiera. Mi padre no estaba convencido y dejaba pasar el tiempo hasta que un día descubrió que su amigo le había escrito una carta a su prima haciéndose pasar por él. Entonces, él decidió escribirle y así, con una carta, empezó la historia de la que yo nací. Entre ellos algunos muy conocidos como los trastornos histéricos de la visión: Esa visión tuvo la virtud de calmar mi angustia que al parecer había encontrado en ella su marco. Vivía estos fenómenos con naturalidad, como si fueran inevitables, era así.

Cuando pasaba tiempo sin que los sintiera, los echaba de menos. En particular, añoraba una sensación en el cuerpo vecina de la angustia, una sensación gozosa y a la vez fugaz. Dos sueños sobre la mirada 1. Pase 2. Yo no la conocía, pero mi amiga me había hablado de ella y me había contado que solía decir que si había resistido viva tantos años era porque quería ver a sus hijos crecer. Un día, estando sola en la consulta, llamó por teléfono una señora que quería que esta colega enferma tratara a su hijo. Como había atendido su llamada, sin pensarlo dos veces, cortocircuité la dirección de la demanda y decidí ser yo la que iba a atender al muchacho.

Cuando conté en sesión lo sucedido, incluyendo los detalles que les acabo de relatar sobre quién era la persona a quien estaba dirigido el niño, al terminar mi relato la analista me dijo: La interpretación me estremeció, había dado en el blanco. Por su lado, la interpre-.

Letra Muerta 5C by Cecilia Ananías Darko - Issuu

Estas dos operaciones fueron un paso necesario para poder hacer el duelo. Mientras mirada y muerte estuvieran soldadas, y visión y mirada confundidas, la pérdida no se podía inscribir simbólicamente. En cuanto al tema del robo no me era en absoluto ajeno.

Cuando mi madre murió, su hermano se negó a devolver a mi padre las tierras con las que había avalado un préstamo. Esas tierras formaban parte de mi herencia. Varios recuerdos venían a confirmarlo. El inconsciente propone otra lógica al problema sexual Surgen dos sueños de estructura similar.

En el primero me encuentro con R, una colega que había tenido relación con el pase y al verla me sorprende agradablemente que sea tan alta como yo. La noche siguiente sueño que me encuentro con otra colega, que también se llama R y que también tuvo algo que ver con el dispositivo del pase, y como en el sueño anterior, al verla compruebo con mucho agrado que somos de la misma estatura. Pero tampoco quería eso. El sueño da otra solución: Ser una entre otras mujeres era para mí la solución aceptable y también divertida.

Al oírlo me pareció un comentario anodino, yo sabía que eso venía de lejos. Sin embargo, de pronto, empecé a sentir vértigo y angustia. La angustia y el vértigo daban cuenta de la emergencia de ese agujero y de la precipitación del sujeto en él. Cuando finalmente el duelo se escribe, se escribe como borde de un agujero, un borde que al mismo tiempo lo constituye. Sin embargo, el plus-de-goce del fantasma que también es un goce escópico, se escribió como letra y es del orden del semblante. Había llegado al final, estaba satisfecha. Mis pequeños momentos de melancolía habían desaparecido.

Me llevó un tiempo darme cuenta y aceptar que el acto quedaba de mi lado, finalmente decidí hacerlo. En el segundo, la analista aparecía en la puerta de su casa, limpiando las huellas del lugar en el que su marido había muerto. Me decía que iba a hacerle una fiesta-homenaje, yo le contaba que me iba a presentar al pase, entonces ella me preguntaba: Pero mi decisión estaba tomada, me sentía satisfecha con el recorrido y de todos modos siempre iban a quedar restos. Nos despedimos con un abrazo y al salir de la consulta me dijo: En el sueño estaba en París, había huelga, manifestaciones, gente que gritaba consignas, sin embargo yo tenía la sensación de que le habían bajado el volumen a París.

Era sorprendente. Una antigua paciente muy sensible a la voz me lo confirmó. Curiosamente en mi pasaje por el dispositivo me olvidé de contar este sueño. Me olvidé de transmitir algo que había dejado de escribirse. En mi caso lo que había dejado de escribirse era un sentido gozado relacionado con la voz de mi segunda madre. Eso fue precisamente lo que me olvidé de contar. En el momento en el que me dirijo al analista estoy en un proceso complicado de separación de mi ex marido, y la soledad de la que se trataba no era estar sola en el mundo, seguía teniendo familia y amigos queridos.

Se trataba de otra soledad la que me afectaba, la ausencia de partenaire amoroso. Se trataba de eso, de la soledad del alma. El analista me dice: Me afecta. En la tercera entrevista el analista me pregunta: Él dice: Pase Él insiste: Contesto que no es eso, que lo que pasa es que no sé cómo hacerlo. Soy consciente de que hay algo que me diferencia y me excluye del lado de la vida, algo que me reduce a la soledad, siempre ocupada en construir algo muy perfecto, algo ideal. Como dice J. Enseguida apareció la dimensión del goce oral, como el recuerdo de una pesadilla infantil en la que un gigante nos devora a mi hermana mayor y a mí.

Cuando despierto sudorosa y angustiada elaboro una fantasía diurna, en la tripa del gigante hay una casita en la que sobrevivimos mi querida hermana y yo. A veces aparecen bajo la forma de una fobia al perro pesadillas en las que me persigue un perro y me quiere morder. Cuando aparecían los alimentos en los sueños adquirían formas y colores espectaculares, tanto que alguna vez en la realidad intenté reproducirlos. Finalmente sale, primero a trozos, después de seguido: Alimentar al otro, ser su alimento, también con palabras preciosas y a la inversa. El objeto alimento aparece entonces como lo que me reduce a la soledad y me produce malestar y daño.

La palabra-alimento-joya, es lo que realmente se interpone y tiene un poder de destrucción. Después vino el silencio y la decepción. Permanezco en la Escuela pero sin libido; esto dura unos años. La soledad tenía que ver con esto, la decepción me llevaba ahí y a la exclusión, a sobrevivir en un subespacio —como en la fantasía diurna de la pesadilla—, en la tripa del gigante. Entonces supe lo que había buscado, lo que estaba oculto tras el amor al analista: Esperaba el objeto del padre. El enganche al objeto del fantasma era lo que me reducía a la soledad hecha de exclusión, a habitar un subespacio hecho de belleza y de decepción, es decir, de malestar.

Finalmente a través de un sueño, en el tiempo en que estoy decidida a hacer el pase, se produce un cambio en relación al saber y al objeto. Ahora se trata de una separación del Otro, agujereado el objeto y el Otro, su vacío me depara otra esquina de la soledad —esta vez aceptada—, la soledad del Uno sin el Otro… la letra del sinthome que no tiene significado. Me siento sola y con los otros, no una isla. La Escuela y la causa analítica es también mi causa.

Queda el a-pettite, del que puedo hacer otro uso, y orientar hacia algunos lugares otro régimen de satisfacción. Es el caso de Marie Cardinal, cuyo tratamiento culmina con la escritura como solución particular y con un libro, escrito años después, Las palabras para decirlo en el que vuelve sobre su experiencia analítica. No obstante, hay algo en su ficción que es verdad, en la medida que el hilo con el que teje su narración es la angustia que no miente como eje de su escritura.

Es a través de la ficción que se puede medio-decir la verdad: Cuando decide escribir su recorrido de 7 años como analizante Marie Cardinal ya es novelista. El sufrimiento, el estrago materno, se transforma en escritura. Y concluye: No se puede transmitir lo que sucede en el interior de uno mismo. Hay algo que las palabras no pueden representar. Por el contrario, ahora que todo ha terminado, sólo una idea lo deja claro: A partir de esta nada de lo. Es interesante hacer un inciso sobre el hecho de que a dicha escritura la precede la palabra.

El testimonio es primero transmitido oralmente a los pasadores, y le precede el tiempo de la lectura del Inconsciente en el dispositivo analítico. El AE, transmite su recorrido desde el discurso analítico, pudiendo hacer uso de la escritura lógica, como también de la nodal. Los testimonios en sí mismos son un instrumento de transmisión de una experiencia.

Se trata del modo de introducir lo simbólico en lo Real. En ese sentido, se podría hablar de un estar, algo, sin duda, que la escritura del testimonio destila. Es a partir de lo imposible de escribir que Marguerite Duras escribe y es a raíz de lo cual Lacan le señaló: Al hilo de lo anterior, entiendo, no podemos considerar los testimonios desde la faceta de la creación en tanto producto de una sublimación: Si bien da cuenta de un no saber, también es cierto que es una escritura advertida y en ese sentido, es diferente de la obra de arte que reside en un no saber, puesto que el poeta escribe sin saber lo que dice.

Se trata, al decir de Miller, de una articulación entre los efectos de verdad, ficticios sin duda, y la marca, la repetición de lo real. Lacan, Seminario 7: Paidós, Buenos Aires, Lacan, Seminario Miller, El partenaire-síntoma, Ed. El tacto y la letra. Su título: La relectura de un texto tan singular en el recorrido lacaniano como es Lituraterra, ha resultado decisiva para mi reflexión sobre los procesos de escritura. De un discurso que no fuera del semblante.

Tomemos en consideración cuatro vértices de la cuestión: Lacan lo repite en varias ocasiones. La afirmación de Laurent me va a servir como guía para proyectar una mirada sobre el quehacer de algunos. Letra que cesa en su papel de remitente y articulador y permanece como elemento autista de no-sentido que hace gozar5. Es el momento en que releemos y corregimos el escrito, muchas veces en alta voz, prestando atención al ritmo, al sonido, a las repeticiones, las consonancias, las disonancias.

Desgranamos las letras el hueso de la letra siguiendo el ritmo, la cadencia que disuelve -al distanciar- la compacidad y la presunta consistencia del escrito. Estamos en el momento en que se retoma el escrito en tanto que ya compuesto y se le da un tratamiento para poner en cuestión precisamente su cualidad de escrito, es decir, su condición de obra acabada y completa. Me interesa observar modos y razones que nos inducen a seguir manteniendo vivo un texto ya acabado, concluso, perdido, del que ya no podemos gozar.

En verdad, no todos lo retienen. Es, sin duda, un modo muy masculino de relacionarse con el producto propio, y también es una elección que da prevalencia al sentido. Eduardo Mendoza, que cuenta muchas cosas sobre su escritura y a propósito de su relación con el escrito; tal como él relata este distanciarse respecto a su obra con un acto de separación irrevocable, es como si dejara a un lado algo de lo que ya no puede gozar.

Sin embargo,. Un amigo muy parecido a mí en su relación con la escritura me cuenta cómo una vez había preparado con todo cuidado un ensayo, resistiéndose a abandonarlo. Para él fue una conmoción verlo publicado en una web sólo dos días después de haberlo entregado. Demasiado pronto, demasiado deprisa le han arrebatado su juguete. La publicación en papel da todo el tiempo del mundo para separarse del texto. En otros casos —me cuenta otro amigo- se evita repulir porque esa labor obligaría a alcanzar un grado extremo de dominio de la complejidad.

El fluir de los productos hace de alternativa a la conclusión plena de cada uno de ellos. Me parece significativa la siguiente confidencia de una amiga mía sobre su experiencia inaugural en la escritura. Esta separación en concreto necesita a veces recuperar, de otra forma, lo que se ha perdido. El momento en que el texto se sosiega desde el punto de vista del contenido y empieza a ser perfeccionado una y otra vez por el impulso de un sentir y de la puesta a punto de una armonía, de una correspondencia consigo mismo, es equiparable a cuando por la mañana nos vamos probando ropa hasta sentirnos a gusto en nuestra propia piel, de acuerdo con nuestra imagen: Pensemos en ese problema enunciado en tantas biografías de escritores: No es casual que el libro en cuestión sea Diario de un poeta recién casado.

Sabemos que el poeta de Moguer torturaba literalmente sus libros hasta prohibir a veces su publicación. Es un buen ejemplo de relación con el objeto perdido, que se desea volver a encontrar en su forma originaria, con el goce que supuso aquella vez y del que no se aceptan sustitutos inadecuados. Sólo se aproxima de nuevo el objeto cuando éste forma parte del proceso, y no cuando es aquello que tendría que permitirle al ejercicio parar de una vez por todas, y al libro escribirse todo de un tirón.

Harper Lee, autora de la novela Matar un ruiseñor, tuvo un éxito enorme con este primer libro del que sigue vendiendo millones de ejemplares. A pesar de haber sido reconocida con el premio Pulitzer, pasa un calvario cada vez que debe acudir a una fiesta en su honor y ha de confrontarse con ese objeto que, de modo tan brillante, vive su propia vida. La escritora no tiene valor. Pase para reivindicar como suya la obra; para apropiarse de ella otra vez tendría que escribir un nuevo libro, a poder ser tan perfecto como el primero, pero, como el éxito de la novela fue para ella una sorpresa, le parece que no sabría cómo escribir una segunda.

Y de hecho no lo sabe, y ni siquiera puede pretender saberlo, porque la composición de la segunda obra tiene una lógica distinta de la que operó en el debut literario. La siguiente supone, por un lado, una repetición y, por otro, una diferencia dentro de la repetición. Lo amamos y nos amamos, por supuesto: Estas caricias no indican falta de deseo, sino que éste tiene una configuración distinta por lo que atañe a la posesión del objeto.

Acariciar el texto, pacificarlo corrigiéndolo antes de dejarlo ir, permite estar en el movimiento presente del objeto y posponer la despedida, señal de que el texto se nos aparece concluido, redondo al fin por efecto del placer narcisista del autor. Con referencia a la perfección contemplada en el producto ya acabado, continuar en el ejercicio de escritura permite otra relación con la perfección del texto, la misma que encuentra el lector cuando capta la unidad de la obra antes de terminar de leerla.

Es lo mismo que ocurre en el recorrido por una ciudad conocida: De lo que queda de aquel texto. Explica E. El niño que aprende a escribir adhiere a lo simbólico, pero en el caso de la letra oriental la adhesión es al goce: Se puede hablar de castración sin inconsciente, de sujeto que no consiste contra el mundo. Recordemos que para la cultura tradicional japonesa el mundo no es, como para la nuestra, algo que ocupe el lugar del Otro respecto al sujeto. Ellos forman parte del mundo, se mueven en el mundo con todo aquello que lo compone.

De ahí se sigue que escribir no sea en Oriente una condición impuesta al mundo, propia de uno que describa y juzgue el mundo. El pincel del calígrafo no. Por eso Lacan recurre al juego entre letra y litura, que también significa borrado, pero a la manera de los antiguos, que borraban añadiendo: Lo ominoso, familiar y extraño a la vez, comporta que quien escribe goza de la obra como suya, pero también como separada y distinta de él.

Winnicott muestra que el niño no se queda sólo con estas dos palabras, sino también con el carretel, es decir, con el objeto que, aunque el ejercicio de la letra haya podido transformarlo en sentido-blanco el sabor de la papilla , no ha perdido, en origen, la relación con los objetos pulsionales que procuran satisfacción. Por eso nuestro texto, abandonado en tanto que productor de significado, sigue presente como gusto por la corrección. Lacan, Lituraterra, en Seminario 18, De un discurso que no fuera del semblante Texto establecido por J.

Miller, Ed. Paidós, Buenos Aires-Barcelona-México, , p. Astrolabio, Roma , p. La traducción es nuestra. Bonazzi, Scrivere la contingenza. ETS, Pisa Véase J. Lacan, Seminario 24 Lo no sabido que sabe de la una-equivocación se ampara en la morra. Inédito, lección del 10 mayo Lacan, Seminario 4, La relación de objeto Paidós, Barcelona-Buenos Aires-México, Macola, A.

Zenoni, Il Corpo e il linguaggio nella psicoanalisi, B. Mondadori, Milano , p. Psicoanalista en Padova, Italia. Par a acercarnos al estado actual de la subjetividad, partimos del avance entre nosotros de la normalización propia de las sociedades consideradas avanzadas. Esto implica tener en cuenta una definición creciente, una especie de personalización de masa por la cual el orden social de Occidente ha conseguido transferir la sombra de lo existente a la transparencia de una historia fractal, integrada en cada curvatura de vida.

I Tal incansable labor de identificación y reconocimiento hace salir del armario a individuos, minorías y nuevas naciones. Asistimos, en este sentido, a una transferencia continua de lo existencial hacia lo social, de lo latente hacia lo patente y visible. En medio de esta definición hiperreal de los rostros y los cuerpos renace un terror de la presencia real y nuevas patologías de reacción, social e individual, a todo lo que sea analógico de la complejidad. Se puede diagnosticar una nueva especie de intolerancia del sujeto con respecto a su fondo sombrío.

De ser así, estaríamos ante algo difícilmente tratable con los medios que. Letras en la Ciudad que se adelanta a cualquier indecisión. De cualquier manera, vivimos en medio de un conductismo capilar, cognitivo, vivamente reformado. La sociedad del conocimiento ha elevado al nivel de inteligencia policial la voluntad de saber.

Es como si la conexión perpetua y la atención flotante y dispersa del sujeto sedase la presión de lo intolerable, que es el origen de la decisión, y condujese paradójicamente a la imposibilidad de ninguna resolución, ninguna ruptura. Todo lo escénico cambia para que nada crucial se mueva. Somos tan libres que no podemos elegir. El pluralismo es hoy la religión realizada, el opio del pueblo. Al tener tantas opciones virtuales olvidamos el drama patético de lo real, nuestra obediencia en lo primario, esa cotidianidad socio-estatal que nos convierte en sumisos empleados a tiempo completo.

El sujeto es víctima de la multiplicidad publicitaria, de una amena variación que le mima. La era del acceso es la de la marginalidad de todo lo que sea turbio, complejo, cargado de gravedad y de drama. El acceso se expande hacia el esquema informativo de cosas y personas para nada saber de su sentido. Como en la carta de muchos restaurantes, incluso caros, el tedio de la indiferencia se agazapa tras la pluralidad de la oferta. Todos los platos saben a lo mismo; mejor, no saben. El nihilismo de lo uniforme, que nos protege del demonio de la cualidad, se esconde tras el cromatismo del mercado.

Querríamos hacernos indistinguibles en la secuencia de lo numérico, con pequeñas escapadas de fin de semana o en el horario televisivo de las tardes, justo antes de dormir. De igual manera, hemos reciclado la comunidad en sociedad. El simulacro binario, al contrario, nos protege con la dialéctica de la simetría. La nueva arquitectura expulsa la noche como la nueva psiquiatría expulsa la escucha del dolor. La soledad ha sido colonizada por la dispersión en la visibilidad compartida.

Si el paro aterra es debido -aparte del sueldo: De pronto, al verse enfrentado a una vida sin envoltura social, se disparan las alarmas en el sujeto y todas las sintomatologías. En el plano cultural, el paro simboliza el terror al demonio de la época: Ese horizonte nos haría absolutamente responsables, libres de la religión social. Y no queremos tal carga; necesitamos creer en Dios, aunque sea en la forma degradada de la Sociedad. III Pensemos, por ejemplo, en el. De ser esto así, el triunfo en Occidente de la información y del canon numérico supondría un fondo de oscurantismo analógico que dificulta la relación del individuo con la muerte.

El orden de los media, conectado en red invisible, no quiere saber nada del camino del medio, de acercar el pensamiento al lugar donde tenemos el cuerpo y los sentidos, el dolor y la intuición, los impulsos de resolución. La visita guiada es el modelo terciario incluso para entrar en las dolencias del propio psiquismo. La inmediatez ética se ha deconstruido en nombre de la inmediatez de la mediación.

No parece aventurado decir que mientras consumimos somos consumidos en nuestra diferencia, homologados con las cosas que circulan. El fetichismo de la mercancía se ha hecho deseante, libidinal. II Economía informal del sujeto, identidades queer. El papel de las minorías alternativas ha sido en este punto -es preciso decirlo otra vez- un poco extraño, por no decir perverso. Ellas han minorizado la molicie del control social, incluida la publicidad, y le han permitido aligerarse. Gracias a lo alternativo la policía de lo social se extiende, pues la mayoría deja de ser torpe y paternal para descender a un tuteo maternal con cada privacidad.

Con la proliferación de logos alternativos no queda apenas espacio donde pararse ni fórmula para detenerse, donde pueda ocurrir algo.